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Transformar Mecanismos de pensamiento « Centro Constela

Transformar Mecanismos de pensamiento

Nuestro mecanismo de pensamiento se asemeja mucho al modo en que funciona una computadora. De la misma manera que un PC, disponemos de un hardware (cerebro) y un software instalados (programas con los que funcionamos). El primero nos viene determinado por nuestra genética y es el fruto de la evolución humana. El segundo viene determinado por varios factores, entre los que figuran el sistema educativo en el que nos hemos desarrollado, nuestro entorno socio-cultural, todas las experiencias que hemos vivido (especialmente las vividas durante los primeros años de vida, las vividas en el momento del nacimiento e incluso las vivencias acontecidas en el útero materno). Si creemos en el alma como “algo” eterno, incluso estamos condicionados por experiencias anteriores a nuestra existencia.

El resultado es que tenemos un disco duro con mucha capacidad para almacenar datos, que piensa y siente de determinada manera, a través de unos programas que ya venían instalados “de serie” y otros que se han instalado mientras se ha ido interactuando con el entorno. La manera de pensar y de sentir se realiza básicamente a través de la ejecución de estos programas. Algunos de éstos, se ejecutan solos, están instalados en el propio sistema operativo y son de difícil desactivación. Incluso si los envías a la “papelera de reciclaje”, no desaparecen, al cabo de pocos días vuelven a estar operativos.

Nuestro cerebro al interaccionar con el entorno, procesa la información y emite una determinada respuesta. Esta respuesta puede ser un pensamiento, una emoción o una acción. Si analizamos nuestras propias respuestas delante los estímulos que recibimos, nos daríamos cuenta que más del 90% de nuestras actuaciones vienen determinadas por la ejecución de programas automáticos. Los programas se ejecutan con tal naturalidad, rapidez y precisión, que no nos damos cuenta de estos procesos.

Somos seres únicos, pero funcionamos de manera parecida. Lo más sorprendente es que somos más predecibles de lo que nos pensamos.

La ejecución de estos programas que se ejecutan automáticamente (como una programación informática o como un virus instalado en el ordenador) da pie a nuestros hábitos, comportamientos y actitudes. Este conjunto de programas, que constituye un auténtico sistema operativo, da pie a nuestra personalidad.

Atrapados en nuestros propios programas

Cualquier emoción o pensamiento pueden activar un programa completo. En función del programa activado, puede atraparnos gran parte de actividad neuronal y puede hacernos entrar en un círculo del que nos es difícil escapar.

Por ejemplo, si mi superior jerárquico no me ha invitado a una reunión que yo considero de interés, este hecho puede hacerme saltar un programa. Ese hecho es el activador de una serie de pensamientos y emociones encadenadas que van a parar finalmente a la confirmación de una creencia que tengo muy arraigada dentro de mi: “no soy querido”. El salto no es directo, hay un recorrido, pero finalmente llego a esa conclusión que, por otra parte, es muy conocida en las profundidades de mi interior.

La reacción emocional es tan intensa que nos quedamos sin recursos para actuar. Nos quedamos sin habla, bloqueados, ni siquiera somos capaces de mirar a los ojos del jefe. En el supuesto que seamos conscientes de todo el proceso, y que hayamos detectado que efectivamente, todo mi malestar es debido a una asociación de pensamientos y emociones encadenamos que tienen como resultado final el tema del “abandono”, por ejemplo, esa mera comprensión de los hechos no me da más recursos para actuar. Nos quedamos anclados. Sabemos lo que nos pasa, pero no sabemos por donde salir.

¿Cómo salir de ese estado? No es una cuestión de voluntad. Tampoco es una cuestión de conocimiento. “Quiero salir y sé lo que me pasa … pero ¿cómo salgo? la emoción me perturba”. Estamos atrapados por una emoción, que nos impide escuchar y nos impide ver con claridad, lo que nos resta posibilidades emocionales alternativas.

La transformación

La respuesta se encuentra en el famoso axioma de Albert Einstein “ningún problema puede ser resuelto por el mismo nivel de consciencia que lo creó”. Efectivamente, hay que dar un salto cuántico para salir del círculo emoción-pensamiento.  La clave está en acceder a otro nivel de consciencia. En el mismo nivel de consciencia no vamos a salirnos del círculo en que nos encontramos atrapados.

El método para salir del “círculo” es el siguiente:

  1. Tomar consciencia. Este es el primer paso, tomar consciencia de lo que nos sucede, observar el atrapamiento “pensamiento-emoción” que configura un círculo vicioso.
  2. Aceptación. Tratar de evitar las emociones es contraproducente. Hay que aceptar que estamos sintiendo “eso”. El dolor es inevitable, pero el sufrimiento prolongado si que se puede evitar. El problema no está en sentir el dolor, el problema radica en permanecer en él.
  3. Voluntad. Querer cambiar la situación en que uno se encuentra. No se trata de querer cambiar los acontecimientos, sino el cambio de mi respuesta interna respecto a los acontecimientos externos.
  4. Observar desde otro nivel. Este el punto clave del método. Es la observación desde otro lugar, como si un tercero se tratase. Existen varias técnicas para facilitar este punto, una de ellas podría ser que el de “separarte de ti” y “verte desde lo alto”.
  5. Buscar la salida (inshigt). Este es un proceso creativo que busca soluciones alternativas, formas diferentes de pensar.  Este proceso también puede darse de manera espontánea o bien fruto del ensayo-error. En cualquier caso, cuantas más opciones tengamos, más posibilidades tendremos que encontrar una opción adecuada.
  6. Crear lo nuevo (sentir). Para la creación de lo nuevo la clave está en la emoción: sentir lo que se ha creado. Además de sentirlo en la máxima expresión de matices, hacer como ya se hubiera realizado. Construir lo que queremos que suceda como si estuviera ya. Vivir esta experiencia como que el cambio que queremos ya se ha producido.

Es importante aquí señalar que sólo con el hecho de querer un cambio no basta. Existen muchas modas de “psicología positiva” made in USA que se han apoyado en estas ideas (“si tu quieres, puedes”), pero este enfoque es muy parcial y da pie a muchas confusiones y mal interpretaciones. Además de incompleto es muy frustrante. La voluntad (querer) ha de ir unida de la emoción (sentir).

Una vez hemos creado lo nuevo y lo hemos experimentado vivencialmente, el cerebro se reorganiza. Es cuestión de dejar hacer, que la neurología interna haga su trabajo.

Sembrando semillas

El pensamiento y la emoción son un tipo energía. El pensamiento y la emoción sostenida crean realidades. Si focalizamos la solución en el sentido en que hemos planteado la “nueva realidad, se abriran nuevos caminos y aumentamos las posibilidades que la realidad se dirija en esa dirección.

A mayor energía, mayores posibilidades. Un ejemplo ilustrativo lo encontramos cuando estudiamos para un examen. Cuanta más energía destinemos al estudio, mayores probabilidades de aprobar tendremos. No obstante, nada nos garantiza que aprobaremos el examen.

La realidad que hemos vivido está por acontecer. Se ha expresado el potencial, pero todavía no se ha materializado. Es cuestión de tiempo para que se “colapse” la función de onda (en términos de mecánica cuántica). La persistencia y la determinación de la persona en proyectar los hechos hacia esa nueva realidad son factores clave.

Se trata como de sembrar semillas. Hemos plantado semillas con nuestros pensamientos, y éstas semillas tienen que regarse y cuidarse. Si tienen las condiciones adecuadas para que puedan crecer, se transformaran árboles vigorosos.

Dirigir la energía: hacer lo que hay que hacer

Lo importante es dirigir la energía hacia el nuevo lugar que hemos creado: no podemos prever los resultados, eso no está en nuestras manos. Es bueno recordar que no jugamos solos en este formidable juego, hay multitud de jugadores y multitud de partidas simultáneas. En cualquier caso, los resultados no deberían importar demasiado. Hemos movilizado una energía interna, que lo que más importante, es “hacer lo que uno tiene que hacer”.

Todo está cambiando constantemente. Hay un proceso de adaptación continua. Inmediatamente después de la sesión, ya se han producido cambios en el sistema que a la vez están afectando a cada uno de sus elementos recíprocamente. Si todo lo que sucediera en el campo cuántico sucediera tal cual, querría decir que en esta partida estamos jugando solos y que los demás jugadores no tienen posibilidades de cambiar. Y estamos interactuando continuamente, en partidas paralelas y con multitud de jugadores que se incorporan a nuestra partida. Cuando los demás jugadores mueven ficha, nuestro juego ya está cambiando, y por tanto, la estrategia original tiene que ser adaptada.

Fluir con “lo que toca hacer en cada momento” seria la llave maestra de nuestro funcionamiento, la resistencia a empezar o a detenerse en el momento adecuado es realmente la fuente de la mayoría de los problemas.

El juego cósmico

La vida no se puede controlar. Nada de lo que nos acontece podemos controlarlo. Muchas cosas no dependen de nosotros, por más que nos empeñemos. Que los duros golpes recibidos quizás sean la única manera que teníamos de cambiar de dirección, que teníamos que aprender algo, y la única manera de hacernos ver ese aprendizaje, era viviendo ese duro golpe. Fluir, no resistirse, aceptar lo bueno y lo malo.

Cuando descubres que la vida es un gran juego, la visión de todo lo que te sucede cambia radicalmente. Tenemos que aceptar que navegamos en la incertidumbre, y no podemos predecir lo que pasara de aquí unos días, ni mucho menos, lo que pasara de aquí unos años. Aceptar el juego es entender que lo que nos sucede en la vida no es lo que deseamos, sino lo que necesitamos. Lo único que podemos hacer es participar activamente en este juego. Y uno participa plenamente cuando hace lo que tiene que hacer y está donde tiene que estar.

Descubrir este maravilloso juego es lo que más me ha fascinado de la vida. Aceptar la vida tal cual es y vivirla plenamente. Saber que sólo somos una parte infinitesimal del Universo, y que el Universo entero está dentro de nosotros.